Asociación de Peregrinos de Querétaro al Tepeyac

E-mail

Mensaje Sr. Obispo Marío de Gasperín Gasperín

 

la_noria_121

 

 


Homilia Sr. Obispo Marío de Gasperín Gasperín

Misa de Buen Viaje - La Noria.

PEREGRINACIÓN AL TEPEYAC

Hermanos peregrinos,

la_noria_20Hermanas y hermanos en nuestra fe católica:

1. Estamos aquí, una vez más, de pié y en camino hacia el encuentro con Jesucristo en casa de nuestra Madre Santísima en el Tepeyac. Bendecimos al Dios del cielo por ofrecernos este momento de gracia y bendición, que es para nosotros y para nuestra Diócesis, esta peregrinación. Pedimos al Espíritu Santo su luz, su fuerza, la inteligencia necesaria para comprender cuál es la voluntad de Dios y qué es lo que debemos hacer para lograr nuestra salvación.

2. Ciertamente los caminos de Dios son los caminos de la paz. Nuestro Dios no es un Dios de violencia, sino de Paz. Lo oímos en san Pablo: “Dios quiso reconciliar consigo por Cristo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz” (Col 1, 20). Esto es lo que les dijimos sus Obispos en la Carta que reflexionarán durante esta peregrinación. La sangre que nos trae la paz es la de Cristo, no la del prójimo. La sangre de Cristo ya fue derramada en la Cruz, para que nosotros no derramemos la sangre de nuestros hermanos. Toda sangre humana derramada trae consigo mayor derramamiento de sangre. Sólo la sangre preciosa de Cristo genera la paz, porque fue ofrecida por amor. Cristo murió en la Cruz sin odio, sin rencor, perdonando y orando por sus enemigos, Su sangre no sólo fue derramada, sino ofrecida por Él para reconciliarnos con Dios y reconciliarnos con el prójimo. Fue un sacrificio agradable a Dios. Cualquier otro derramamiento de sangre es contra su voluntad. Él derramó su sangre por todos, de una vez y para siempre. Nadie puede estar en paz con Dios sin estar reconciliado con su semejante. Cristo es nuestra paz; no hay otra, fuera de la de Jesús.

3. Por eso, el llamado a la paz es un llamado a la conversión del corazón. Llevamos, por el pecado original, la raíz del odio sembrada en el alma por la misma mano de Aquel que ofreció a Adán y a Eva el fruto prohibido: el Demonio, cuyos hijos son la soberbia y el querer ser como Dios. Quien procura la violencia, da culto a Satanás, pues “él es el asesino desde el principio”, dice san Juan. La invitación de Dios a su pueblo está en pie: “Conviértete al Señor tu Dios, con todo el corazón y con toda tu alma”. Convertirse al Señor significa observar sus mandamientos, que Dios nos ofrece por medio de su Iglesia y que están al alcance de nuestra mano.

4. Los mandamientos de Dios son su Ley y manifiestan su santa voluntad. No sólo debemos cumplirlos, sino enseñar a cumplirlos a los demás, especialmente el padre a sus hijos, la autoridad a sus súbditos. Y, para enseñar a cumplirlos, es necesario practicarlos primero. Como bien sabemos, estos Diez Mandamientos de la ley de Dios, Jesús los condensó en su mandamiento del amor fraterno. El amor a Dios se manifiesta y se cumple amando a nuestro prójimo. Nuestro prójimo es el que está cerca de nosotros. Por eso en la parábola  no tiene nombre, porque el caído en mano de los asaltantes puede ser cualquiera de nosotros o cualquiera que esté a nuestro lado. El que camina junto a mi en esta peregrinación y, desde luego, la esposa y los hijos; los parientes y vecinos; los miembros de mi pueblo y de mi parroquia; mis conciudadanos y los habitantes del mundo entero, todos ellos son nuestros prójimos, aunque unos estén más cerca que otros. Pero en Jesús, nadie me es extraño; todos son cercanos a mi corazón. Esta es la grandeza y nobleza de la doctrina de Jesús, de nuestra religión católica.

5. San Pablo llama a Jesús “el Primogénito de toda la creación” y los demás somos hermanos en Cristo y por Cristo. Todas las cosas y la humanidad entera recibe su consistencia y subsiste gracia a Cristo, nuestra cabeza. Por eso, la Iglesia ama y obedece a Cristo, porque Él es la cabeza de todo el cuerpo eclesial y nosotros somos sus miembros y, por tanto, hermanos. Por Cristo, en Cristo y con Cristo la humanidad ha sido reconciliada con Dios y nosotros hermanados en Cristo. Sin Cristo no puede haber fraternidad, ni paz. Por su sangre derramada en la cruz, Él es nuestra Paz.

6. Como somos el pueblo de la vida y para la vida, así los católicos somos el pueblo de la paz y para la paz. El que ama la paz defiende la vida. El que ama la vida construye la paz. Nuestra tarea es reconstruir la tan lastimada paz en nuestro México. Las fiestas del Centenario de la Independencia y del Centenario de la llamada gesta revolucionaria, sólo serán auténticas si logran inspirarnos sentimientos de paz y reconciliación nacional. Los católicos tenemos en esto una especial tarea que cumplir. Esta es la gracia especial que vamos a pedir a Santa María de Guadalupe a su  casa del Tepeyac. Ella es, como bien lo dijo y la nombró el padre José María Morelos en  los “Sentimientos de la Nación”: “La Patrona de nuestra Libertad”. Sí, Santa Maria de Guadalupe es “La Patrona de nuestra Libertad” y, por tanto, la Reina de la paz. Les deseo a todos un camino lleno de alegría y de paz.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

 




HOMILÍA EN LA MISA CON LOS PEREGRINOS AL TEPEYAC

El Bosque, 15 de julio de 2010


Hermanos  Peregrinos:

1. A nosotros, los creyentes en el Señor Jesucristo, nos sostiene y acompaña la promesa que Él hizo a sus discípulos antes de subir al cielo en la montaña de Galilea. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Jesús resucitado ha cumplido y sigue cumpliendo su promesa desde hace más de 20 siglos: ¡Aquí estamos, en pié y de camino siguiendo sus huellas, los que tenemos la dicha inmensa de ser sus discípulos. Él ha estado con nosotros y nosotros estamos con Él, y permanecerá con su Iglesia hasta la consumación del mundo.

2. ¡Qué hermosa promesa! ¡Qué consoladoras palabras! ¡Qué maravillosa verdad! Si no fuera así, simplemente la Iglesia ya no existiría, a causa de nuestra miseria y de nuestros pecados. Pero, “los poderes del infierno no podrán contra ella”. Cada uno de nosotros que tiene fe, cree y espera en Jesucristo, es un testimonio viviente del cumplimiento de esa promesa, como lo es esta peregrinación. Por eso, como decía san Pablo, “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.

3. Jesús no sólo está con nosotros, sino que nos acompaña y sostiene en nuestro caminar. Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” y “nadie va al Padre sino por Él”. Desde que llegamos a este mundo, comienza nuestro caminar hacia Dios. El momento privilegiado fue cuando recibimos la fe del Bautismo; entonces quedamos consagrados al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y nuestra vida comenzó a pertenecer a la Santísima Trinidad. Desde el Bautismo somos del Señor Jesús, a Él le pertenecemos y nuestro destino final será vivir en el seno de la Trinidad. Mortales como somos, se nos comunica por la fe la vida inmortal. Nuestra pobre y efímera vida humana está ya marcada con el sello de la eternidad. A tan gran dignidad nos elevó la fe en Jesucristo que recibimos de nuestra santa Madre la Iglesia.

4. Es verdad; la santa Iglesia ha sido una Madre solícita de todos nosotros. El nacimiento bautismal fue desarrollando la fe en el seno de la Iglesia y fuimos fortalecidos con el Don del Espíritu Santo en la Confirmación y luego sostenidos por el Pan de vida y adoctrinados con la luz divina de la santa Palabra de Dios y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Misa dominical.

5. En este itinerario de fe nos han acompañado nuestros padres, padrinos, familiares y, sobre todo, la comunidad parroquial, al frente de la cual se encuentra el señor Cura, nuestro Pastor y Padre espiritual. El Párroco actualiza la presencia paterna y misericordiosa de Dios Padre, que no abandona a sus hijos, sino que nos cuida y guía por el camino trazado por Jesucristo: la santidad. Para ser santos somos cristianos. Esa es la tarea principal de su señor Cura, hacer de su parroquia una “escuela de santidad”, es decir, hacer santos a todos sus fieles. Por eso escuchamos al señor Cura con atención, lo obedecemos con reverencia y lo recordamos con gratitud. Eso lo hemos recordado con insistencia durante el año sacerdotal.

6. El sacerdote cumple esta tarea de muchas maneras, especialmente por medio de la administración de los sacramentos, por la predicación de la palabra de Dios y por medio de su servicio pastoral. Hoy recordamos, en esta celebración, el Don precioso de Cristo a su Iglesia, que es la celebración del “memorial” de su pasión, muerte y resurrección, la Santa Eucaristía. El Papa Juan Pablo II nos inculcó muchas veces que “la Iglesia vive de la Eucaristía” y que, “sin Eucaristía no existe la Iglesia”. Basta ver nuestros templos: el centro es el Altar y el centro del altar es el Sagrario. Nos nutrimos del Pan de vida y del Cáliz de la salud, porque contienen al mismo Autor de nuestra salvación, a Jesucristo nuestro Señor resucitado. Porque Jesús vive, es el Pan vivo, y da la vida en abundancia y “el que lo come, vivirá por él”. Sin la Eucaristía es imposible la vida cristiana y la misma salvación.

7. Donde está la Eucaristía allí está la vida misma de Dios, con sus gracias y bendiciones; allí está el perdón de nuestros pecados en su fuente, que es su sangre derramada para lavarlos; allí está el alimento que nos nutre; la medicina que no ofrece la salud en la enfermedad del cuerpo y del alma, y la fuerza que nos sostiene en la lucha contra el Maligno; allí está la limpieza de corazón que nos puede hacer castos, honestos y fieles en el matrimonio; allí está la verdad, que nos ilumina, para no caminar en el error ni caer en la mentira y en la perversión; en fin, en la santa Eucaristía están todos los dones que nosotros necesitamos para una vida cristiana y para nuestra salvación. Por eso, hermanos peregrinos, quien va a Misa el domingo y lo hace con fe y amor, ese ya va encaminando sus pasos por la senda de la salvación. Quien no lo hace, se pierde.

8. Hermanos peregrinos, una vez más su Obispo, su Pastor diocesano, en nombre de Jesucristo, les pide que tengan presente lo que Él nos mandó. No es invento del Papa, de su obispo o de sus sacerdotes; es precepto del Señor, que nos dijo: “Hagan esto en memoria mía”. La memoria viva de Jesús es la santa Misa, la Eucaristía. No es verdad que no haya tiempo para ir a misa; el que ama a Jesús, el que tiene fe en Jesús, lo encuentra. Participar en la Misa de la comunidad es lo más importante del día domingo y de la semana que comienza. No es verdad que tienen que trabajar el domingo para ganarse la vida. Razonar así denota falta de fe. Si Dios nos manda celebrar su memoria y asistir a la Misa, sus bendiciones vendrán sobre nosotros obedeciéndolo, no desobedeciéndolo; nosotros no podemos pretender saber ni poder más que Dios. Él sabe lo que nos conviene y puede dárnoslo; sólo basta tener fe y obedecerlo. El domingo es el día de Dios, y si damos a Dios lo que es suyo, Él nos dará más de lo que merecemos, pero sabe que necesitamos. Si algún recuerdo quisiera que conservaran de esta peregrinación, ese sería su asistencia a la Misa dominical; así estaríamos seguros su Obispo y sus Sacerdotes de haber colaborado a su salvación. Dios nos conceda, por medio de su Madre Santísima Guadalupe, “La Patrona de nuestra Libertad”, y de San Juan Diego, su fiel Servidor, esta gracia singular: ¡Que todos los fieles de la diócesis de Querétaro participaran en la Misa dominical! Seguro así descendería sobre nosotros la bendición y la paz que tanto necesitamos. Amén. 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

 

Santo del Día


Galeria Fotografica