Asociación de Peregrinos de Querétaro al Tepeyac

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HOMILÍA DE MONS. DIEGO MONROY,

CELEBRACION DE LA EUCARISTIA I.N. BASILICA DE SANTA MARIA DE GUADALUPE

 

DIOS SE HACE NUESTRO HUÉSPED PARA HACERSE NUESTRO ANFITRIÓN

mons_diego_eucaristia_homiliaAlabemos al Señor, Dios nuestro, porque al enviarnos a su Hijo amado se hizo huésped de la humanidad y, por su muerte y resurrección, se convirtió en nuestro anfitrión en la vida eterna.

La hospitalidad de los pueblos de Medio Oriente es algo tan singular y característico que resulta algo proverbial y prácticamente sagrado. Este rasgo cultural es tan importante que no se puede descuidar para entender no sólo la primera lectura, sino también el evangelio de Lucas en este domingo.

En la primera lectura de hoy escuchamos un fragmento del Génesis en el que tres misteriosos personajes se presentan ante la tienda de Abrahán, en la encina de Mambré. Abrahám no escatima esfuerzos para atender a aquellos tres huéspedes, ofreciéndoles todo lo que necesitaran para rehacerse del largo y caluroso camino. Igualmente, las dos hermanas de Betania ofrecen acogida y amistad a Jesús; especialmente Marta, que “se multiplicaba para dar abasto en el servicio”. Es esta una actitud que debemos cultivar. En una sociedad en la que todo el mundo mira por si mismo, y las puertas de las casas están cerradas, por el miedo, la inseguridad, la violencia; el evangelio nos invita a estar atentos, abiertos, acogedores, especialmente para los más necesitados.

La hospitalidad de Abraham ante el Dios que pasa, incluso como un necesitado, es premiada con la fertilidad, bendición incomparable en la mentalidad bíblica. Más aún, por su hospitalidad, Abraham se convierte en amigo de Dios e intercesor de estos pueblos, que han rechazado la visita divina y han llegado a profanarla con su conducta desordenada. Su pecado les ha impedido reconocer la presencia de Dios en medio de ellos al pasar por sus calles. (Sodoma y Gomorra)

En el evangelio, vemos a Jesús, que precisamente elogia la hospitalidad de María por recibirlo, acogerlo e intimar con él. Es necesario abrirse al paso de Dios por nuestra vida. Es determinante que seamos sensibles y estemos atentos a su presencia para acogerlo, escucharlo y servirle como él quiere ser servido.

Todo esto se da diariamente no sólo en el culto y en la oración. Ahí comienza, y de una manera especial en la Eucaristía, pero si no nos lleva al encuentro con los demás, especialmente con quienes carecen de afecto, cuidados materiales, salud, trabajo, migrantes, enfermos y, en fin de lo necesario, no podemos decir que estamos sirviendo a Dios plenamente.

En un mundo tan inhóspito, tan indiferente ante el otro y que facilita tan poco la comunicación amable entre las personas, la actitud de Abrahán y la de las dos hermanas Marta y María nos dan una elocuente lección de hospitalidad; nos invitan a tener un corazón acogedor para con los demás. No hará falta que cada vez les guisemos un ternero cebado como Abraham o que removamos toda la cocina como Marta. Muchas veces lo que los demás esperan de nosotros es INTERÉS, ATENCIÓN, CARA ACOGEDORA, UNA PALABRA AMIGA, UNA SONRISA, UN APRETÓN DE MANOS O UN ABRAZO SINCERO.

Pero además de la hospitalidad, hay algo más que quiere enseñarnos el Señor en este domingo, descubrir en el prójimo al mismo Dios, al mismo Cristo Jesús. Y dar importancia a la oración, a la contemplación, a la escucha de la Palabra de Dios. Abraham ve a Dios en los tres peregrinos. Y las hermanas del evangelio saben que están alojando al Mesías.

Ante la queja de Marta, Jesús amablemente, le recuerda que “solo una cosa es necesaria: María escogió la mejor parte”, porque aprovecha la ocasión de que tiene al Maestro en casa, y lo escucha. Lo esencial no son las cosas materiales, sino la escucha atenta de la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas.

Pidámosle al Señor que nos conceda conjugar en nuestras vidas las dos actitudes, la de Marta y la de María: la caridad detallista y la oración y la escucha, la oración y la acción. Son complementarias. Cada cristiano debe saber conjugar las dos dimensiones en su vida: hemos de ser hospitalarios, pero también discípulos. Con tiempo para los demás, pero también para nosotros mismos y para Dios. Personas de oración y de contemplación, de reflexión interior y de celebración con la comunidad; pero también dispuestos, al compromiso, a la acción y a la entrega concreta y al trabajo servicial.

La unión con Cristo se alimenta de modo privilegiado en la Eucaristía, en la Santa Misa en la que con devoción y entusiasmo participamos particularmente cada domingo, que luego debe tener traducción práctica en la caridad con los que viven con nosotros. Jesús no desautoriza el trabajo de Marta, pero le da una lección: debe saber encontrar  tiempo para la escucha de la fe y de la oración.

Bendigamos al Señor y agradezcámosle la palabra que nos da este domingo y a la luz de la misma reestructuremos nuestra jerarquía de valores, y que esto tenga efectos prácticos en nuestra vida.

Imitemos a nuestra muchachita y Madrecita Santa María de Guadalupe, Maestra de hospitalidad al acoger en su seno al Hijo de Dios, para que con su auxilio nos abramos a Dios en las personas de quienes nos necesitan. Amén.

 

 

 
 

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